Los jóvenes que
anuncian su fracaso, son aquellos que no tienen objetivos en la vida,
que no se marcan
ninguna meta.
Estos jóvenes entran
en el tren del fracaso, viven como jóvenes viejos, tienen el espíritu de un
anciano enfermo a
punto de ser ingresado. ¡Son jóvenes sin fuerza de voluntad, sin ilusión, sin
ambición! Estos
individuos solo viven de sus instintos primarios, son amantes de los vicios,
como por ejemplo:
el alcohol, las drogas y la concupiscencia, etc.
Estos seres solo ven el tedio, están sometidos al
aburrimiento y sus corazones son tan débiles
que absorben todo
el dolor, toda la tristeza, en definitiva, tienen una negación a toda luz, a
toda vida, a toda
verdadera felicidad.
Cuando estos jóvenes viejos, completan parte de su
ciclo de vida y llegan por ejemplo: a los
sesenta años,
empiezan en sus vidas las dolencias, la mala digestión, el tormento, las
fracturas,
la decepción personal,
el sentirse incomodo con uno mismo, sus cuerpos están formados de
materias
deterioradas, con imágenes ridículas, de
espanto, hastío y una mente con pesadillas.
También comienza
la lucha del “yo” del “ello” y el “superyo”. La lucha del remordimiento de
conciencia, de la
mente, el tormento que provoca al ridículo adulto, insomnio y le hace levantar
en medio de la noche para interrogarse así mismo,
para preguntarse por ejemplo:
-¿Por qué ya no se
fijan en mí las mujeres?
¿Dónde fue mi
juventud?
¿Por qué no vienen
mis amigos? ¿Por qué me abandonó mi familia?
Y así todas las noches, con voces llenas de ¿por
qué?
Pues yo tengas las
horribles respuestas que sus duros oídos deben acostumbrarse a escuchar:
Las mujeres se
asustaron con vuestra presencia, porque ellas tienes mejores gustos.
Nunca tuvisteis juventud,
porque fuisteis unos jóvenes viejos, unos mal constituidos.
Fuisteis unos
bufones, no tuvisteis amigos, tuvisteis eso sí, buitres.
Y vuestras familias se
cansaron, se avergonzaron de vuestro esperpento.
Mariano Ehapo.
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