Angustiado por mis pulmones
porque se me resistía el aire,
y luchando con mi alma
para que no se extinguiera
el poco aliento de alegría
que mi corazón dilataba.
Pensando que soy el hombre
más desdichado sobre la tierra
con más penas que sonrisas,
con más palos que panes,
con más desprecios que halagos,
con más heridas y fatigas,
como un torro acorralado.
Salí una maña lúgubre
hacia la intranquila calle
para preguntar a los hombres
si se podría medir mi tristeza
para yo saber con certeza,
¿cuándo mis dolores son graves?
Pero nadie pudo responderme,
porque todos tenían problemas
mucho más, mucho más graves,
como para detenerse
a escuchar mis miserias.
En la salida de un hospital lujoso
lloraba un funcionario con dientes de oro,
porque le habían diagnosticado cáncer,
una adolescente inconsolable
desprendía un mar de lágrimas
por esperar un hijo sin padre.
Un poco más adelante
donde no llegaba el sol,
ni la brisa de los árboles
encontraba niños descalzos
sin pan entre sus manos,
mendigos que se jugaban la vida
por un trozo de carne,
mujeres con ojos fúnebres
que vendían flores
y no buscaban amores.
Ahora me doy cuenta
que ahí fuera en la calle
bajo el invierno y con hambre
respiran los seres más triste de esta Tierra inconsolable.
Mariano Nkogo Ehapo